.comment-link {margin-left:.6em;}

Quete! de narcisista cotidaneidad

eh.... les doy la bienvenida a las palabras. Palabras que no salen sólo de mis manos o mi boca, sino que recorren la urbe por las cañerías tal soretes u otra porquería mínima en la televisión pero potencialmente sensible. Masturbación intelectual del día a día en el colectivo, fantasía e ingenuidad en como vemos al mundo. Welcome!

lunes, diciembre 05, 2005

Libertades Degradadas

Lo que me pasó hoy, y que ahora voy a relatar, es posiblemente algo que no sobresale a los acontecimientos más comunes. Es seguro que muchos hayan vivido cosas similares o hasta peores y que no se inquieten por la anécdota. Desgraciadamente.
Estaba yo esperando el colectivo en mi tan acostumbrada parada del 19, tras salir de la cede de la facultad de ciencias sociales de parque centenario, cuando de golpe siento el afectuoso abrazo de un desconocido. No llego a reaccionar antes de que el sujeto en cuestión, un pibe masomenos de mi edad (andá a saber, soy muy malo para adivinar edades), me empieza a contar los eventos mas recientes de su historia de vida. Parece, según lo que dijo, que lo habían largado recién de una comisaría y “tuve que esconder el fierro” me dice señalando el bolsillo donde se refugiaba un imperceptible (y no sabemos si real) revolver. Yo escuchaba atento y trataba de mirarlo a los ojos, bastante tranquilo teniendo en cuenta las circunstancias. Luego, de la nada (no se a qué vino), me dice que tiene sida y que se cortó adrede (moriré sin saber para qué), mostrándome unos tajos en su brazo, ya cicatrizados.
Aha… bueno, sí, el tipo quería plata, evidentemente. Me tenía sujeto del cuello en un aparente gesto amigable con su brazo izquierdo pero yo entendía muy bien que sus intenciones no eran nada amigables. Me pide una moneda para viajar y yo accedo a darle una de un peso que guardaba en mi bolsillo junto a otra moneda del mismo valor, una de diez centavos y un billete de dos pesos. Él recibe la moneda y me dice que está con un amigo, y me pregunta que si no tengo más. “Sí, tengo otra, pero la necesito para viajar” le digo, a lo que me contesta “¿me vas a decir que no tenés un billete de dos pesos?” Yo miro hacia ningún lugar con expresión de desgano, saco el billete y se lo doy. “¿Por qué me decís que no tenías más si tenías?” dice el amable muchacho en tono de reproche como padre que reprende a su hijo pequeño por decir mentiras. Yo con una honestidad inmensa le contesto que él me había pedido monedas y que efectivamente solo me quedaba una que planeaba usar para mi viaje a casa. La explicación pareció satisfacerlo, ya que a continuación me pregunta si necesitaba la moneda que le había dado antes o si tenía suficiente dinero para viajar. Bueno, obviamente no le iba a decir que me la devolviera, así que me limité a decirle “tengo otra, pero si querés devolvérmela todo bien” (me hace gracia acordarme de esto, ¿Quién diría que iba yo a reaccionar así?). Pero él no me la quiso devolver, tomo sus (porque ahora eran suyos) tres pesos, y (creo que fue en este momento, aunque podría haber sido un poco antes) me pregunta que por qué estaba asustado (aparentemente me mostré temeroso, ciertamente lo estaba). “No es por nada, solo soy un tipo paranoico” le digo (otra vez honestamente, aunque le haya ocultado muchas cosas que en ese momento pensaba con respecto a la situación). Finalmente el encuentro termina con un gracioso “te llamo al celu un día” de mi nuevo amigo al que escuché unos metros más adelante decirle a algún conocido suyo “vamos a tomar algo”. Seguramente había en esa última oración un tácito “el boludo de anteojos invita”.
Como no podía ser de otra manera, tras esto me puse a pensar muchísimas cosas. No sabía si eso había sido un robo o un simple préstamo a la fuerza. Decidí finalmente que no hay mucha diferencia. Es cierto que el trato fue bastante flexible (de todas formas yo cooperé con eso), pero no es menos cierto que yo no quería darle los tres pesos. No pude evitar pensar en ese momento que con esos tres pesos yo acababa de comprar mi libertad. Libertad a no ser violentado de alguna manera, ya sea con su supuesto “fierro” o con el más supuesto adminículo con el cual se cortó así mismo, seguramente impregnado de la indeseada enfermedad que decía tener. Esta última idea me atemorizó mucho más, y de inmediato sentí asco por esa mano, una mano violenta, que vaya a saber uno por donde habrá pasado, habiendo reposado tanto tiempo en mi cuello. Me sentí terrible por pensar (gracias a mi ya confesa paranoia) que ese tipo pudo haberme infectado su virus sólo con tocarme, o quizás haciéndome una herida que yo no pude percibir (ridículo, lo sé). Pobres los portadores de HIV, mis pensamientos ofendían a todos y cada uno de ellos, así que traté de quitarlos de mi mente lo antes posible.
Si bien yo había comprado mi libertad, se me había dado una libertad degradada, una libertad de irme a mi casa, sentarme en mi computadora y escribir esto, pero carente de tres pesos. No, no me importan los tres pesos, no me voy a hacer el pobrecito. La plata es lo de menos, a lo que voy es a la decisión, mía, únicamente mía, de qué hacer con mi voluntad, expresada sólo por las circunstancias de este relato, en ese billete y esa moneda. Y eso me hizo reflexionar en que constantemente estamos comprando nuestra libertad, que se supone es nuestra, desde el momento en que nacemos, pero nos es arrebatada por alguien y siempre se nos devuelve degradada, a cambio de algún pedazo de la misma que sacrificamos para poseer la mayor parte, que cada vez es menor. Y podría quejarme horas sobre ese indeseable individuo, concordando con ese pequeño Macri en mi hombro que, cual diablo de caricatura, me decía “¿viste que yo tengo razón?”. No le hice caso, lo espanté en el acto como quien espanta a un mosquito que le zumba en el oído. Podría quejarme horas, pero ¿qué sentido tiene? El sólo se llevó tres pesos, seguramente para garantizarse alguna satisfacción para distenderse de una vida miserable. ¡Y hasta tuvo la consideración de preguntarme si me alcanzaba la plata para volverme a mi casa! ¿Qué es eso si se lo compara con esa masa de personas que día a día nos impone por la fuerza los altísimos e injustos precios a los que recuperamos nuestras libertades degradadas? Nada. Nada en comparación con los empresarios que nos hacen renunciar a la libertad de salarios dignos, de oportunidades de trabajo o de tiempos de distensión. Nada en comparación con los crecientes avisos publicitarios que nos obligan a abandonar paredes en blanco, pintorescos paisajes urbanos o ventanas transparentes por las cuales mirar en los colectivos mientras hacemos viajes que son de por sí otros costos que pagamos también. Nada en comparación con los que dejan morir a miles de personas de hambre y de ignorancia. Esa gente esta pagando a muy altos precios una libertad que si se degradara más sería la nada. Estatuas vivientes, autómatas del costumbrismo.
Todos estamos constantemente comprando esta libertad degrada y convertimos en nuestros acreedores a aquellos que son los que realmente nos deben. Y si hoy o mañana por alguna de esas casualidades de la vida me acuchillan por tres miserables pesos, eso puede llegar a ser una nota del diario Clarín o un flácido argumento de algún eventual candidato para rellenar espacios en la legislatura o el congreso. Tanto uno como el otro podrán denunciar que en la calle no hay libertad de caminar o de llevar dinero, al mismo tiempo que nos venden una y otra vez nuestras libertades degradadas.