.comment-link {margin-left:.6em;}

Quete! de narcisista cotidaneidad

eh.... les doy la bienvenida a las palabras. Palabras que no salen sólo de mis manos o mi boca, sino que recorren la urbe por las cañerías tal soretes u otra porquería mínima en la televisión pero potencialmente sensible. Masturbación intelectual del día a día en el colectivo, fantasía e ingenuidad en como vemos al mundo. Welcome!

viernes, octubre 21, 2005

"El Niño perdido en la intemperie" por Eduardo Galeano

En Bucarest, una grúa se lleva la estatua de Lenin. En Moscú, una multitud ávida hace cola a las puertas de McDonald's. El abominable muro de Berlín se vende en pedacitos, y Berlín Este confirma que está ubicado a la derecha de Berlín Oeste. En Varsovia y en Budapest, los ministros de Economía hablan igualito que Margaret Thatcher. En Pekín también, mientras los tanques aplastan a los estudiantes. El Partido Comunista Italiano, el más numeroso de Occidente, anuncia su próximo suicidio. Se reduce la ayuda soviética a Etiopía y el coronel Mengistu descubre, súbitamente, que el capitalismo es bueno. Los sandinistas, protagonistas de la revolución mas linda del mundo, pierden las elecciones: «Cae la revolución en Nicaragua», titulan los diarios.

Parece que ya no hay sitio para las revoluciones, como no sea en las vitrinas del Museo Arqueológico, ni hay lugar para la izquierda, salvo para la izquierda arrepentida que acepta sentarse a la diestra de los banqueros. Estamos todos invitados al entierro mundial del socialismo. El cortejo fúnebre abarca, según dicen, a la humanidad entera.

Yo confieso que no me lo creo. Estos funerales se han equivocado de muerto.

En Nicaragua, pagan justos por pecadores

La perestroika, y la pasión de la libertad que la perestroika desató, han hecho saltar por todas partes las costuras de un asfixiante chaleco de fuerza. Todo estalla. A ritmo de vértigo, se multiplican los cambios, a partir de la certeza de que la justicia social no tiene por qué ser enemiga de la libertad ni da la eficiencia. Una urgencia, una necesidad colectiva: la gente ya no daba más, la gente estaba harta de una burocracia tan poderosa como inútil, que en nombre de Marx le prohibía decir lo que pensaba y vivir lo que sentía. Toda espontaneidad era culpable de traición o locura.

¿Socialismo, comunismo? ¿O todo esto era, más bien, una estafa histórica? Yo escribo desde un punto de vista latinoamericano, y me pregunto: si así fue, si así fuera, ¿por qué vamos a pagar nosotros el precio de esa estafa? En ese espejo nunca estuvo nuestra cara.

En las recientes elecciones de Nicaragua, la dignidad nacional ha perdido la batalla. Fue vencida por el hambre y la guerra; pero también fue vencida por los vientos internacionales, que están soplando contra la izquierda con más fuerza que nunca. Injustamente, pagaron justos por pecadores. Los sandinistas no son responsables de la guerra, ni del hambre; ni cabe atribuirles la menor cuota de culpa por cuanto ocurría en el este. Paradoja de paradojas: esta revolución democrática, pluralista, independiente, que no copió a los soviéticos, ni a los chinos, ni a los cubanos, ni a nadie, ha pagado los platos que otros rompieron, mientras el Partido Comunista local votaba por Violeta Chamorro.

Los autores de la guerra y del hambre celebran, ahora, el resultado de las elecciones, que castiga a las víctimas. El día siguiente, el gobierno de los Estados Unidos anunció el fin del embargo económico contra Nicaragua. Lo mismo había ocurrido, años atrás, cuando el golpe militar de Chile. Al día siguiente de la muerte de Allende, el precio internacional del cobre subió por arte de magia.

En realidad, la revolución que derribó a la dictadura de la familia Somoza no tuvo, en estos diez años largos, ni un minuto de tregua. Fue invadida todos los días por una potencia extranjera y sus criminales de alquiler, y fue sometida a un incesante estado de sitio por los banqueros y los mercaderes dueños del mundo. Y así y todo se las arregló para ser una revolución más civilizada que la francesa, porque a nadie guillotinó ni fusiló, y más tolerante que la norteamericana, porque en plena guerra permitió, con algunas restricciones, la libre expresión de los voceros locales del amo colonial.

Los sandinistas alfabetizaron Nicaragua, abatieron considerablemente la mortalidad infantil y dieron tierra a los campesinos. Pero la guerra desangró al país. Los daños de guerra equivalen en una vez y media al Producto Bruto Interno, lo que significa que Nicaragua fue destruida una vez y media. Los jueces de la Corte Internacional de La Haya dictaron sentencia contra la agresión norteamericana, y eso no sirvió para nada. Y tampoco sirvieron para nada las felicitaciones de los organismos de las Naciones Unidas especializados en educación, alimentación y salud. Los aplausos no se comen.

Los invasores rara vez atacaron objetivos militares. Sus blancos preferidos fueron las cooperativas agrarias. ¿Cuántos miles de nicaragüenses fueron muertos o heridos, en esta década, por orden del gobierno de los Estados Unidos? En proporción, equivaldrían a tres millones de norteamericanos. Y sin embargo, en estos años, muchos miles de norteamericanos visitaron Nicaragua y fueron siempre bien recibidos, y a ninguno le pasó nada. Sólo uno murió. Lo mató la contra. (Era muy joven y era ingeniero y era payaso. Caminaba perseguido por un enjambre de niños. Organizó en Nicaragua la primera Escuela de Clowns. Lo mató la contra mientras medía el agua de un lago para hacer una represa. Se llamaba Ben Linder).

La trágica soledad de Cuba

Pero, ¿y Cuba?, ¿No ocurre también allí, como ocurría en el este, un divorcio entre el poder y la gente? ¿No está la gente, también allí, harta del partido único y la prensa única y la verdad única?

«Si yo soy Stalin, mis muertos gozan de buena salud», ha dicho Fidel Castro, y por cierto que no es ésta la única diferencia. Cuba no importó desde Moscú un modelo prefabricado de poder vertical, sino que fue obligada a convertirse en una fortaleza para que su todopoderoso enemigo no se la almorzara con cuchillo y tenedor. Y fue en esas condiciones que este pequeño país subdesarrollado logró algunas hazañas asombrosas: hoy por hoy, Cuba tiene menos analfabetismo y menos mortalidad infantil que los Estados Unidos. Por lo demás, a diferencia de varios países del este, el socialismo cubano no fue ortopédicamente impuesto desde arriba y desde afuera, sino que nació desde muy adentro y creció desde muy abajo. Los muchos cubanos que han muerto por Angola o han dado lo mejor de sí por Nicaragua a cambio de nada, no han estado cumpliendo sumisamente, y a contracorazón, las órdenes de un Estado policial. Si así hubiera sido, sería inexplicable: nunca hubo deserciones y siempre sobró fervor.

Ahora Cuba está viviendo horas de trágica soledad. Horas peligrosas: la invasión de Panamá y la desintegración del llamado campo socialista influyen de la pero manera, me temo, sobre el proceso interno, favoreciendo la tendencia a la cerrazón burocrática, la rigidez ideológica y la militarización de la sociedad.

Cara y cruz de los nuevos tiempos

Ante Panamá, Nicaragua o Cuba, el gobierno de los Estados Unidos invoca la democracia como los gobiernos del este invocaban el socialismo: a modo de coartada. A lo largo de este siglo, América Latina ha sido invadida más de cien veces por los Estados Unidos. Siempre en nombre de la democracia, y siempre para imponer dictaduras militares o gobiernos títeres que han puesto a salvo al dinero amenazado. El sistema imperial de poder no quiere países democráticos. Quiere países humillados.

La invasión de Panamá fue escandalosa, con sus siete mil víctimas entre los escombros de los barrios pobres arrasados por los bombardeos; pero más escandalosa que la invasión fue la impunidad con que se realizó. La impunidad, que induce a la repetición del delito, estimula al delincuente. Ante este crimen de soberanía, el presidente Mitterrand hizo sonar su discreto aplauso y el mundo entero se cruzó de brazos, después de pagar el impuestito de una que otra declaración.

En este sentido, resulta elocuente el silencio, y hasta la mal disimulada complacencia, de algunos países del este. ¿La liberación del este implica luz verde para la opresión del oeste? Yo nunca compartí la actitud de quienes condenaban al imperialismo en el mar Caribe, pero aplaudían o se callaban la boca cuando la soberanía nacional era pisoteada en Hungría, Polonia, Checoslovaquia o Afganistán. Puedo decirlo, porque no tengo cola de paga: el derecho a la autodeterminación de los pueblos es sagrado, en todos los lugares y en todos los momentos. Bien dicen por ahí que las reformas democráticas de Gorbachov han sido posibles porque la Unión Soviética no corría el riesgo de ser invadida por la Unión Soviética. Y simétricamente, bien dicen por ahí que los Estados Unidos están a salvo de cuartelazos y dictaduras militares, porque en los Estados Unidos no hay embajada de los Estados Unidos.

Sin sombra de duda, la libertad es siempre una buena noticia. Para el este, que la está protagonizando con justo júbilo, y para todo el mundo. Pero, en cambio, ¿son una buena noticia los elogios al dinero y a las virtudes del mercado? ¿La idolatría del american way of life? ¿Las cándidas ilusiones de ingreso al Club Internacional de los Ricos? La burocracia, que sólo es ágil para acomodarse, se está adaptando aceleradamente a la nueva situación, y los viejos burócratas empiezan a convertirse en nuevos burgueses.

Hay que reconocer, desde el punto de vista latinoamericano y del llamado Tercer Mundo, que el difunto bloque soviético tenía, al menos, una virtud esencial: no se alimentaba de la pobreza de los pobres, no participaba del saqueo del mercado internacional capitalista y, en cambio, ayudaba a financiar la justicia en Cuba, en Nicaragua y en muchos otros países. Yo sospecho que esto será, de aquí a poco, recordado con nostalgia.

Una pesadilla realizada

Para nosotros, el capitalismo no es un sueño a realizar, sino una pesadilla realizada. Nuestro desafío no consiste en privatizar al Estado, sino en desprivatizarlo. Nuestros Estados han sido comprados, a precio de ganga, por los dueños de la tierra y los bancos, y todo lo demás. Y el mercado no es, para nosotros, más que una nave de piratas: cuanto más libre, peor. El mercado local, y el internacional. El mercado internacional nos roba con los dos brazos. El brazo comercial nos vende cada vez más caro y nos compra cada vez más barato. El brazo financiero que nos presta nuestro propio dinero, nos paga cada vez menos y nos cobra cada vez más.

Vivimos en una región de precios europeos y salarios africanos, donde el capitalismo actúa como aquel buen hombre decía: «Me gustan tanto los pobres, que siempre me parece que no hay suficiente cantidad». Sólo en Brasil, pongamos por caso, el sistema mata mil niños por día de enfermedad o de hambre. En América Latina, el capitalismo es antidemocrático, con o sin elecciones: la mayoría de la gente está presa de la necesidad y está condenada a la soledad y a la violencia. El hambre miente, la violencia miente: dicen pertenecer a la naturaleza, simulan formar parte del orden natural de las cosas. Cuando ese «orden natural» se desordena, los militares entran en escena, encapuchados o a cara descubierta. Como dicen en Colombia: «El costo de la vida sube y sube, y el valor de la vida baja y baja».

Pasito a paso

Las elecciones de Nicaragua fueron un golpe muy duro. Un golpe como del odio de Dios, que decía el poeta. Cuando supe el resultado yo fui, y todavía soy, un niño perdido en la intemperie. Un niño perdido, digo, pero no solo. Somos muchos. En todo el mundo, somos muchos.

A veces siento que nos han robado hasta las palabras. La palabra socialismo se usa, en el oeste, para maquillar a la injusticia; en el este, evoca al purgatorio, o quizás al infierno. La palabra imperialismo está fuera de moda y ya no existe en el diccionario político dominante, aunque el imperialismo sí existe y despoja y mata. ¿Y la palabra militancia? ¿Y el hecho mismo de la pasión militante? Para los teóricos del desencanto, es una antigualla ridícula. Para los arrepentidos, un estorbo de la memoria.

En pocos meses, hemos asistido al naufragio estrepitoso de un sistema usurpador del socialismo, que trataba al pueblo como a un eterno menor de edad y lo llevaba de la oreja. Pero hace tres o cuatro siglos, los inquisidores calumniaban a Dios cuando decían que cumplían sus órdenes; y yo creo que el cristianismo no es la Santa Inquisición. En nuestro tiempo, los burócratas han desprestigiado la esperanza y han ensuciado la más bella de las aventuras humanas; pero yo también creo que el socialismo no es el estalinismo.

Ahora hay que volver a empezar. Pasito a paso, sin más escudos que los nacidos de nuestros propios cuerpos. Hay que descubrir, crear, imaginar. En el discurso que Jesse Jackson pronunció poco después de su derrota, en los Estados Unidos, él reivindicó el derecho de soñar: «Vamos a defender ese derecho», dijo: «No vamos a permitir que nadie nos arrebate ese derecho». Y hoy, más que nunca, es preciso soñar. Soñar, juntos, sueños que se desensueñen y en materia mortal encarnen, como decía, como quería otro poeta. Peleando por ese derecho, viven mis mejores amigos; y por él algunos han dado la vida.

Este es mi testimonio. ¿Confesión de un dinosaurio? Quizás. En todo caso, es el testimonio de alguien que cree que la condición humana no está condenada al egoísmo y a la obscena cacería del dinero, y que el socialismo no murió, porque todavía no era: que hoy es el primer día de la larga vida que tiene por vivir.

Tomado de:
Eduardo Galeano, El tigre azul y otros relatos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991.

digitalizado por Unión de Juventudes Socialistas de Puerto Rico, en http://ujs-pr.tripod.com/

miércoles, octubre 12, 2005

Quete!, de dualidades, utopías, individualismo e historia

En Occidente, al hombre siempre se lo pensó doble, cuerpo y alma, carne y espíritu, materia e idea. En general, el discurso social sobre el hombre es ambiguo, la tradición cristiana condena lo carnal y eleva lo espiritual a lo sublime, lo eterno, lo intachable. Sin embargo, también es sabido que los seres humanos somos superficiales. ¿A qué se llama ser superficial?, a fijarnos en las tetas, las narices, las piernas y los culos. La gente dice que lo esencial es invisible a los ojos pero en realidad lo único que nos importa es satisfacer nuestros sentidos. Ahora bien, estas elecciones no son más que elecciones dentro de un sistema de clasificación (buen culo, feo culo) que es la cultura. El gusto, como comprobaría Bourdieu, es una construcción social e histórica, es parte de un proceso o, en definitiva, es un proceso en sí mismo. El “buen gusto” o “mal gusto”, entonces, no es nada más que, podríamos decir, una suerte de gobierno democrático donde a veces gana un partido y a veces otro. Es común oírles decir a los candidatos de la oposición: “si yo hubiera...blabla...las cosas hubiesen sido distintas” y tienen razón. La contradicción salida a la luz, entonces, es inminente: lo superficial del gusto, construcción histórica, en contraposición de lo efímero de lo carnal y la trascendencia del espíritu. Nos gustan las tetas, vida eterna, nos gustan los culos, vida eterna, nos gustan las piernas, vida eterna. ¿Cómo se puede salir de esta orgía de ambigüedad?. Ni idea, a mí me gustan las tetas, carajo. Lo importante es lo que se ve si se mira a la misma problemática con distintos anteojos: hedonismo “aquí y ahora” (el famoso vivir el momento) en contraposición con la posibilidad de la trascendencia.

Ambas concepciones, la hedonista superficial y la cristiana, tienen en común cierta concepción del tiempo, en sí, se presentan de una forma ahistórica, no por serlo concretamente, sino, más bien, por no interesarles el tiempo pasado, presente o futuro, en general. La versión hedonista no sabe de futuros o pasados y la versión cristiana, en general, habla de un futuro del futuro, pasado y presentes, olvidados. El pasado, la historia literalmente dicha, es olvidado en ambas concepciones, el presente, aislado en una, sin importancia en otra y el futuro “cercano”, como una repetición del presente en el hedonismo, sin importancia en los cristianos y el futuro del futuro, el futuro de la muerte, cómo lo único importante para la concepción cristiana.

El cuerpo es una unidad psicobiológica. Más allá de la separación del cuerpo y el alma, no se nos presenta la posibilidad de separar ambas instancias, es un sistema, una unidad, un todo. Sin embargo, podemos notar en este todo, dos aspectos, muy ligados a la concepción “separatista” del cuerpo y del espíritu: por un lado, el aspecto sensible, perceptual, por el otro la conciencia. Entre ambos aspectos existe una relación de necesidad, de solidaridad, no existiría el uno sin el otro tal cuál lo conocemos. Lo sensible del hombre es lo que entra en contacto con la experiencia, con el pasado histórico, y es moldeado, justamente, por ésta (la experiencia). El hombre es un animal consciente de su sensibilidad y su consciencia es sólo posible gracias a la experiencia.

El otro punto en común entre ambas posturas es que ambas son, en su esencia, teorías de la felicidad. El hedonismo es, más bien, un método de la felicidad efímera y el cristianismo es la teoría que dice que lo único efímero es la vida. El hedonismo tiene un fin y es la felicidad, el goce, fin que encuentra, en el cristianismo, su final: la muerte. En la historia de las historias, las producciones narrativas, es común el punto final, es decir, “the end”. En mucho de los casos (Sobre todo en las producciones de la industria cultural), el final es siempre un final feliz. La vida carece de finales (y menos felices), no tiene secuelas, estrenos, estrellas, efectos especiales, el único final es la muerte. El después es sólo una cuestión de creencias que no encuentran peso en esta discusión, ya que lo que se discute es la vida, no la muerte. La postura hedonista, en general, es una postura de vacaciones, para algunos de quince días en Mar del Plata, para otros, tres años en Ibiza. En general, los hedonistas están destinados al fracaso de su plan, tanta fiesta, tanta droga, tanta cosa no hacen más que terminar. Su versión simplista de lo que es vivir entra en contradicción a la tendencia compleja de lo que el hombre pretende de su vida. El hombre tiende a lo complejo, tiende a que se publiquen sus biografías, tiene deseos de trascendencia.

Si en algún momento de mi vida entrara Peter Pan por mi ventana y me dijera: “para volar sólo hace falta polvo de hadas y un recuerdo feliz” yo creo que tendría muchísimos problemas con el recuerdo.

El hombre es, ante nada, un ser social, no puede hacer nada de lo que hace de no ser por otros hombres. A partir del siglo XVIII, la concepción individualista, el individualismo, empezó a tomar fuerza. Claro, atado al proceso histórico del traspaso del feudalismo al capitalismo, esta Revolución Psicológica más bien cultural, fue la que permitió, de entrada, la utopía del “ascenso”, del futuro como depositario de los éxitos y los fracasos. Personalmente, creo que el individualismo es la primera hipocresía del Ser Humano, es, básicamente, la negación de la necesidad del otro. Con la concepción individualista (muy asociada, quizás, a la concepción histórica, marxista, que Marcuse pensó para la pulsión de muerte de Freud), se niega, se oculta la necesidad del otro, la solidaridad, el trabajo de miles de seres humanos, la sublimación de la libido social. El hombre individualista usa ropa que sale de los comercios y no de industrias textiles, camina por veredas que parecen haber estado siempre ahí, toma colectivos que circulan por calles construidas por Dios y mira edificios y casas eternas. El individualismo, al ocultar y negar la necesidad del otro, la solidaridad, también niega y oculta al trabajo (y las relaciones de clase), por ende, la reproducción de lo sensible, del cuerpo, de la propia vida y, a su vez, resalta el pensamiento, la consciencia. Uno de los motivos del individualismo es el desafío, desafío para con el otro, el perfeccionamiento de persona (yo no sé lo que soy, pero estoy seguro que sé lo que no soy o que soy mejor que ellos). Esto implica la creación de un “nosotros” y de un “otro”, la diferencia, la alteridad, básicamente, la construcción psicológica-cultural de una primera identidad de clase.

Pasado que es historia—más precisamente una narración histórica de la experiencia, individual por un lado, social por otro--, presente limitado por la nostalgia del pasado o los deseos utópicos del futuro, presente hedónico del “aquí y ahora”, presente efímero, el futuro incierto. ¿Qué lugar tienen la experiencia, lo sensible, la consciencia, Peter Pan, el egoísmo, la solidaridad en esta cuestión temporal?. La historia es la historia del hombre que tiende a lo complejo, a la realización de su utopía. La muerte, tal caída del muro de Berlín, es la desilusión sobre ésta, la utopía. Es quizás el momento donde no sabemos de trascendencia o de finales felices. Entonces, ¿Por qué vivir?. Esta es una pregunta en la que no se encontrará consenso alguno en las respuestas. Nadie sabe. Nadie sabe porque hay que soportar viajar en un colectivo lleno de gente, despidos del trabajo, malas notas en parciales de la facultad, desamores, muertes. Nadie. El hombre busca lo complejo siempre y, por complejo, nunca sabe que busca, o no entiende que obtiene. ¿Y lo simple?.

Me subo al colectivo, noto que no hay asientos disponibles, me paro cerca del que tiene cara de bajarse enseguida. En la otra parada, se suben dos bolsas gigantes cargadas por una pobre mujer. Estaba en lo cierto, el que tenía cara de Pompeya se bajó en Rivadavia. Incertidumbre, ¿Quién se merece el asiento más: las bolsas con la mujer o el joven estudiante de comunicación?. Mi culo, mi comodidad, mi individualismo, me dicen que yo. Efectivamente, me siento sin dejar de sentirme culpable. Seguro que ya se va a bajar otro. Otro acierto: ahí se bajó una rubia de buenas glándulas mamarias, ahí se sientan las bolsas.

Leyendo el apartado de más arriba, el hombre de la postmodernidad asocia individualismo con comodidad, por lo tanto, individualismo con su culo. Me pregunto ahora, ¿Qué hubiera pasado si en voz alta hubiese dicho “Señora, ¿Se quiere sentar?” y ella, su culo, quizás, y las bolsas hubieran venido felices hasta el asiento del que tenía cara de Pompeya?. La respuesta es sencilla, le concedí mi asiento a la señora. Me encontré con ella en un segundo, segundo en el que ella y las bolsas debieron haberse enamorado de mí y yo, por supuesto, correspondí tal sentimiento. ¿Qué pasó?. Trascendí.

En el momento de la concesión, hubo una especie de ruptura. Dejó de importarme el capitalismo, mi madre, mis chicas, mis amigos, mis borracheras, mis inquietudes. Dejé, de alguna forma, de ser yo, para encontrarme con otro yo, con su otro, con el otro y ese momento, el de la concesión, fue uno de los tantos momentos de la trascendencia. La concesión es el momento único donde se construyen cuatro paredes y el universo es lo que siempre ha sido: nada, es simpleza, es solidaridad.

El hombre busca lo trascendental, lo complejo y es en esta búsqueda donde nació el arte (entendido como expresión cultural, o como cultura). El primer artista fue un hombre común, hostigado por los otros más fuertes y con más mujeres, quizás. Fue un hombre que se alejó de su poblado y caminó por los bosques mientras anochecía. Al final, el hombre llegó a la orilla de un lago. Ya de noche, las estrellas bañaban al lago de deliciosos fuegos de artificio. La luna miraba al hombre y el hombre miraba a la luna. El silencio, la concesión, la trascendencia, lo bello, lo hermoso. ¿Y qué hacer?, se habrá preguntado el hombre, luego de haber sentido lo que acaba de sentir. “Esto tengo que contarlo”, fue su respuesta. El hombre se convierte en artista cuando es consciente de lo efímero que es en comparación al todo que lo atraviesa y le es inaccesible e inmodificable: la vida, la muerte, la existencia. El hombre no pensó, seguramente “yo soy mejor que la luna, las estrellas y su reflejo en el lago”, como haría un individualista, el hombre se encontró con Todo lo existente y de ese encuentro, de esa concesión, nació el arte.

La dualidad cuerpo-alma, o lo sensible, lo consciente, en el momento de la concesión son una sola cosa. La conciencia no es algo que no sea sentidos, la conciencia es un sentido. El ser humano es algo así como un sexto sentido, si se quiere. Visión, audición, gusto, olfato, tacto y humanidad. El sentido de la humanidad es el sentido del arte y es el sentido de la concesión y solidaridad.

El pasado como historia, como experiencia que construye los seis sentidos, el presente donde habita lo sensible (y ya no el dualismo cuerpo-alma), el presente para el futuro como lugar donde se narra la historia y donde aparece la pregunta de la modernidad sobre la utopía (entendida bajo la concepción de Peirce de signo, la utopía es un signo de un objeto actualizada por un interpretante, el signo siempre toma ciertos aspectos del objeto y deja de lado otros. Esto tiene peso en este texto porque la utopía, vista así, no es algo que no existe, es una construcción sobre lo dado que toma algunos aspectos existentes, potenciándolos, mientras elimina otros, es una forma, crítica, de ver al mundo): ¿Es posible un mundo feliz, un final feliz?. Mi respuesta se aleja de los absolutismos de sí o no, pero, honestamente, prefiero el no. Sino, ¿El arte que expresaría?. Lo importante es la construcción de una suerte de posibilidades constantes de ser felices. Lo básico, es reproducir nuestro cuerpo y nuestra vida sin que la vida, como línea temporal o biográfica, tenga el único fin de su reproducción. Lo básico es la solidaridad (extirpando al mal del individualismo), el arte, la pasión, el romanticismo, la violencia dulce y sabrosa de una Revolución. El futuro es la historia a construir, y si bien, el único final es la muerte, tenemos derecho a construir/elegir un final feliz.

domingo, octubre 09, 2005

Parte de la Juventud

- Estaba pensando en que te saques la ropa.
- ¿Ya? ¿No es mejor que nos acariciemos aunque sea un rato primero?
- No, no. No hay tiempo, en media hora me tengo que ir.
- ¿En media hora?
- Si, me tengo que juntar a hacer un trabajo práctico.
- ¿Otro trabajo práctico?
- Se… y es para dentro de tres días.
- ¿Cuándo vas a hacerte un poco de tiempo para mí?
- Uh no hinches las pelotas, ni que estuviera de joda yo. Sabes que a la mañana laburo y a la noche curso. Trato de que nos veamos a la tarde cuando puedo. Hoy no puedo, tengo que hacer un trabajo.
- ¿Cuándo mierda vas a poder dejar de hacer trabajos?
- No se, cuando me reciba por ahí. Y no me grites que yo te estoy tratando bien.
- ¿”No me grites”? ¿Yo te estoy gritando?
- Sabes que si… Dale, no quiero pelear… Sacate la ropa.
- No.
- Dale.
- ¿Vos pensas en eso nada más no?
- No empeces, sabes que no, no me hagas decirlo.
- ¿Qué no te haga decir qué?
- Que te quiero.
- Ay, ¿y que se supone que te tengo que decir? ¿”que dulce que sos”?
- No se, no digas nada si no querés. Pero después te quejas de que no nos vemos y ahora que tenemos, aunque sea, media hora la gastamos en pelear.
- ¿Y a vos no te parece que si peleamos es precisamente por qué no nos vemos más que media hora aislada por semana?
- Bueno… no se que decirte. ¿Qué querés? ¿Qué deje mi carrera? Sabes que no puedo dejar de laburar, es lo único que me permite financiarme los estudios. Y por fin estoy estudiando lo que me gusta.
- ¿Y cuándo vivís? Nunca podes salir y no solo conmigo. ¿A tu gente hace cuanto que no la ves?
- Bueno, pero con ellos es distinto… ellos laburan también, y tienen parciales y trabajos prácticos, tienen cosas que hacer.
- Ah ¿y yo no? ¿vivo al pedo yo?
- No pongas en mi boca palabras que no dije.
- Me estoy cansando ¿sabes?
- No quiero que me dejes.
- ¿Y que vamos a hacer?
- No se… yo tampoco me siento bien, pero no creo que este mejor sin vos.
- No se, no se…
- Mira, ya falta poco para las vacaciones de invierno.
- No falta poco, faltan como tres meses.
- Bueno, no es tanto tampoco…
- Si… no es tanto, es verdad.
- En las vacaciones nos vamos a algún lado si querés. No se, podemos ir al sur, o adonde quieras. Yo una semana podré me imagino.
- Estaría bueno, si. Pero ¿y hasta entonces?
- Y hasta entonces, no se. Tendremos que tratar de hacernos tiempo. Yo te juro que cuando pueda te digo. Sabes que yo lo que quiero es verte a vos.
- Bueno… me saco la ropa entonces.
- No, no te saques la ropa, acariciémonos un rato. Total en cinco minutos me tengo que ir.
- Te amo.
- Yo también.

lunes, octubre 03, 2005

Mi primera vez

Diario Clarin, del día 3/10/05

Cuando me metí bajo la ducha, quería que todo volviera atrás. Yo tenía 14 años y él 20. Sin preguntarme, le dio al taxista la dirección de un hotel, me llevó de un brazo hasta la habitación y lo hizo a la fuerza.
Analía M. 17 años

Yo tenía 16 y él 21. Lo conocí en un cumpleaños. Un día fuimos a bailar y me insistió para tener relaciones, lo tenía todo planeado. Era una necesidad de él, no mía. Pero igual lo hicimos.
Griselda A. 17 años

Me dijo: yo no te voy a rogar, y me dio miedo perderlo. Faltaba poco para mi cumple de 15, y soñaba con estar con él en la fiesta. Yo quería esperar, mi mamá me había aconsejado así, pero él insistió.
María Paula R. 16 años

Me insistió y yo estaba re-metida. Tenía 16 años y él 21. Me dijo que si no aceptaba era porque no lo quería. Me dio miedo perderlo y le dije que sí. Pero para mí no era todavía el momento.
Noemí P. 18 años

El tenía 23 años y yo 16. Estábamos en casa de la madre de él, con un grupo, escuchando música. De golpe, cerró la puerta de la pieza, me desvistió y me quedé paralizada.... Era más fuerte que yo.
Yanina A. 17 años

hahahahaha copado...que putas


mi primera fue luego de una fiesta de 15. Yo había bebido champagne y vino por primera vez en mi vida, casi. Mi copa se llenaba y se llenaba. Me puse a hablar con una mina, mientras le hablaba de música me dio un beso y cuando me di cuenta estaba tocandome el pito.
Llegué a mi casa tarde, a media mañana, volví en colectivo. Apenas llegué, hice pis y me miré el pito, luego mi rostro en el espejo. Ella tenía 18.